DIEZ DIAS DE VIPASSANA
Rubén Cedeño
Barcelona 25.5.2008
Hice la solicitud por escrito para ingresar en un centro de meditación
Vipássana y después de unos días de haberlo sometido
me aceptaron. Parece que allí estudian a la persona que van a aceptar.
Vi los requisitos y eran muy estrictos, pero me arriesgue a hacerlo. Nunca
he participado de cursos de ese tipo, ya que esas cosas no me gustan,
no me interesan para nada, pero quería completar este escrito,
que ya lo tenia listo, con una vivencia en un centro de Meditación
de estas características. Algo me decía que lo hiciera y
me atreví.
Tuvieron que auxiliarme para llegar al lugar que era cerca de Barcelona
camino a la frontera con Francia. Estaba en la cima de una colina, en
un decampado de la extensión como de una manzana de esas que son
muy grandes. En el centro del terreno estaban las edificaciones. En todo
el lugar no había adornos de ninguna especie, nada que distrajera
la mente, ni estimulara la imaginación en ningún sentido,
era todo sencillo, humilde y que tuviera alguna practicidad. El Salón
de Meditación, era bastante grande, de madera pulida y sin ninguna
imagen de nada ni siquiera de un Buddha. Solo habían los cojines
para sentarse preferiblemente en posición de loto, cobijas grises
para ponerse por encima, una tarima para el coordinador de la meditación,
un equipo de sonido para poner el audio de las clases y hacer los mantrams
en pali que ya estaban previamente grabados. Era todo seco y austero.
De un lado y de otro del templo estaban las habitaciones para damas y
caballeros, que eran colectivas con 14 camas literas dobles cada una y
un baño para cada sección con tres duchas, tres inodoros
y tres lavamanos. Había una cocina amplia, muy bien dotada industrialmente
y el comedor de damas y caballeros era separado. La mesa para comer era
colectiva y aunque comíamos mirándonos, no podíamos
dialogar, asunto que nos fue obligando a que cada uno poco a poco se fuera
metiendo dentro de su plato y ni siquiera nos miráramos. En un
momento determinado decidí escoger un rincón del comedor
el más apartado y oscuro. Allí permanecí comiendo
hasta el final. No se podía llevar ningún adorno y mucho
menos insignias religiosas como crucifijos, cuarzos y otros asuntos.
Dormir con 28 personas no me gustaba y en una litera menos. Pero uno a
veces tiene que hacer estas cosas para doblegar su personalidad y el orgullo.
Y así lo acepte. La primera noche los ronquidos eran insoportables,
previendo esto me había llevado uno tapones para las orejas, pero
no funcionaban mucho. Apele a la metafísica y decrete: “Yo
Soy aquí la Divina Presencia del Guardián Silencioso de
este lugar silenciando todos estos ronquidos”. Y como por arte de
magia todos se callaron. Entre los compañeros había de todos
tipos y tamaños, desde abuelos que podían ser mi padre,
gente a mitad de camino en la vida y jovencitos casi adolescentes. Eran
de nacionalidades variadas, de muchos países y hasta un africano
había. Por sus caras y ropas, algunos se veían como poderosos
ejecutivos otros con aspecto hipesco, y unos pocos como obreros. Pero
había una característica común, todos se veían
buenos y nobles.
Los requisitos eran demasiado estrictos y había que cumplirlos
a rajatabla, había un manager que se encargaba de que esto se ejecutara
y si alguien los incumplía dulcemente te lo decía. No puede
hablar durante 10 días ni siquiera hacerle señas ni tocar
a nadie para saludarlo, ni siquiera decir ni perdón, ni dar los
buenos días ni las buenas noches. Era silencio absoluto. Asunto
muy beneficioso para el alma y para comenzar a observarse uno mismo y
callar esa mente parlanchina. Tampoco se podía cantar ni llevar
radio, CD Player, ni iPod y los celulares nos los quitaron en la puerta
el día que entramos. El espacio para poder circular era al aire
libre, no muy extenso y estaba delimitado por una cuerdita, que nunca
a nadie se le ocurrió saltarla. Estábamos presos por propia
voluntad, apresada la materia para que brotara el espíritu. Allí
comprendí la clausura de las carmelitas No había grama,
sino un pasto más o menos bien cortado con unos cuantos arbustos
y pinos no muy altos. En los alrededores no se veían casa ni construcciones,
solo un silencio arrollador que lo envolvía y se tragaba todo.
Este silencio nunca me desespero. El lugar era ideal para lo que estábamos
haciendo.
La comida era estrictamente vegetariana y se desayunaba a las 6 y 30 de
la mañana unas manzanas con peras y ciruelas hervidas, avena, y
pan integral. Se almorzaba a las 11, siempre variaban los granos, nunca
faltaba el arroz integral ni la ensalada y de postre fruta o un arroz
con leche. Después de las 12 del día ya no se servia mas
comida hasta el siguiente día. Esto era igual a como comía
el Señor Gautama. Al principio me dio miedo me dieran ataques de
hambre pero nunca paso, me acostumbre. Al principio la comida era muy
abundante, luego poco a poco la fueron reduciendo. Esto era a propósito,
para que cada día comiéramos menos. Un día después
de la comida, que tenia la boca un poco amarga me encontré entre
mis cosas un caramelito de meta y vi la gloria. Pero si me lo comía
por completo no iba tener más, así que cada día lo
chupaba un poquito y lo guardaba para el siguiente, así hasta que
lamentablemente se termino.
Pasábamos unas 11 horas al día meditando desde las 4:30
de la mañana, lo que hacia que nos levantaran a las 4 en punto
de la madrugada. Antes de dormir, como a las 7 o las 8 de la tarde, gozábamos
de unas dos horas de clases del Buddhadharma mas puro, bello, claro y
bueno que jamás le escuche a alguien, ni leí en algún
libro. Era lo que mas me gustaba del todo, era la guinda sobre el postre.
Esas pláticas le aclaraban a uno los procesos internos que el sistema
hacia que surgieran de uno. Recuerdo con nostalgia el sonido de un dulce
gong de registro agudo que lo sonaban para levantarnos en la mañana,
para llamar a la meditación y las comidas.
Todos los estrictos requisitos, junto a las técnicas de meditación
hicieron que al siguiente día de haber empezado, ya estuviera en
proceso de retrospección de toda mi vida. Fue un examen de mi encarnación.
Allí dentro me vino el 21 de Mayo y cumplí 56. Por cierto
que el ego no se afecto ni sintió nada por que pasara ese día
completamente ignorado y apartado del mundo. En el proceso, primero empezó
a salir todo lo negativo. Y aunque mi vida la considero bella y positiva
no dejan de haber por allí cosas que transmutar. Pues todo eso
comenzó a salir y me empecé a sentir demasiado mal. Estaba
conciente de lo que me pasaba, lo aceptaba, pero era espantoso. Así
pase la mayoría de los días. En un momento determinado,
ya al final de los días, no salio mas lo negativo sino lo positivo
y empecé a ver claro las cosas que debía hacer en el futuro
inmediato con demasiada con mucha precisión.
Creo que no debo decir aquí lo que hacíamos en la meditación,
que el que lo desee saber, que haga este retiro, pero si diré algunas
cosas. En un momento del curso se nos solicito que en tres de las meditación
del día, con la duración de una hora, nos moviéramos
ni un pelo y aquí si que todo se puso mas duro.
Cada día de este retiro lo pase diciéndome a mismo en algunos
momentos: “Esto es maravillosos se lo diré a todos que lo
hagan”. Al rato me desdecía: “Es espantoso, no se lo
recomendaría ni a mi peor enemigo.
En los escaso momentos libres en el limitado espacio al aire libre, me
deleitaba con el cielo que era bellísimo, habían millares
de pajaritos que trinaban y volaban por aquí y por allá,
conejitos que atravesaban corriendo, miles de hormigas haciendo sus madrigueras.
Era el único deleite, porque ni siquiera un libro nos dejaban leer.
Esa vivencia fue fuerte, creo que es necesario pasarla aunque sea una
vez en la vida, pero se lo recomiendo solo a los valientes, para que no
abandonen el lugar como vi que lo hicieron cinco de nuestros compañeros
que salieron en estampida horrorizados.
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